En la primera parte pudimos observar cómo una pequeña decisión que tomaron nuestros primeros padres (Adán y Eva), afectó a todo el resto de la humanidad. Sin embargo, como Dios es un Padre bueno y quiere lo mejor para todos, Él ya tenía un plan para que nosotros pudiéramos volver a estar cerca de Él ¡como en el principio!
Ese plan que Dios tuvo se llama: Jesucristo. ¿Qué quiere decir esto? Veámoslo:
Leamos este versículo:
Pues Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo, para que todo el que crea en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna. (Juan 3:16 NTV)
Esto significa, que lo único que tú y yo necesitamos para volver a acercarnos a Dios nuevamente es: ¡creer en su Hijo Jesucristo!
Me gustaría contarte que cuando Jesús vino a este mundo (en carne y hueso), Él tenía una misión especial: salvar a cada ser humano sobre la tierra. Por supuesto (como bien lo sabemos), Jesús nació en un pesebre, creció como niño y tuvo que aprender un oficio como cualquier hombre de su edad y cultura; de hecho, Él se desempeñó como carpintero. Sin embargo, a sus 33 años inició su servicio en los propósitos de Dios, hasta su muerte en la cruz.
Cuando Jesús murió en la cruz, lo hizo pensando en ti y en mí. Él sabía que todo su sufrimiento iba a valer cada segundo, puesto que era la única manera de que tú y yo pudiéramos volver a tener una relación con Dios como en el principio con Adán y Eva.
¿Por qué hizo Jesús eso? ¿Por qué Él y no alguien más? Porque Jesús era el Hijo de Dios, y aunque Él caminó sobre este mundo como tú y yo, Él no era cualquier persona. Se trataba de Dios mismo hecho hombre, cien por ciento sin mancha y perfecto en todo su camino, y sólo alguien con esas características podía llevar a cabo esa misión especial.
Entonces, aunque por la desobediencia de nuestros primeros padres, todos nacemos separados de Dios (pecadores), cuando Jesús murió, pagó esa deuda pendiente y su sangre pura nos dio acceso nuevamente al Padre Celestial.
Fíjate en estos versículos:
Pues soy pecador de nacimiento, así es, desde el momento en que me concibió mi madre. (Salmos: 51:5 NTV)
Y sin embargo, el sufrimiento que Él padeció es el que a nosotros nos correspondía; nuestras penas eran las que lo agobiaron. Y nosotros pensábamos que sus tribulaciones eran castigo de Dios por sus propios pecados, ¡pero Él fue herido y maltratado por los pecados nuestros! ¡Se le castigó para que nosotros tuviéramos paz; lo azotaron y nosotros fuimos sanados por su sufrimiento! (Isaías 53:4-5 NBV)
Toda persona que cree en el nombre de Jesucristo y lo recibe en su corazón como su Señor y Salvador, recibe un regalo inmerecido: gracia. Es algo inmerecido porque tú y yo no merecíamos nada, pero Dios siendo bueno envió a su Hijo, y su Hijo nos amó tanto que dio su vida misma por nosotros y ese es nuestro mayor regalo, porque gracias a ese acto de amor ahora estamos reconciliados con Dios para siempre.
¿Aceptarías este regalo en tu vida?
